Construyendo paz en Colombia, un hombre a la vez (2015)
Foto: Jason Regan
Nota del autor: el original de este texto fue públicado en abril de 2015. Parece increíble que hoy sea relevante y hable de dinámicas que parecen no haber cambiado mucho, todo lo contrario, parecen más excerbadas que antes. Rescatarlo busca crear una oportunidad para pausar, reflexionar y pensar desde cada persona, desde cada hombre sobre lo que bell hooks llamaba “la voluntad de cambiar”. También porque hace 11 años no tenía hijos a quienes contarles qué es amar y añorar a un país tanto.
. El texto no ha sido modificado ni adapatado a la coyuntura actual.
Alguna vez se ha preguntado, ¿cuándo fue la primera vez que fue consciente de que vivía en un país en conflicto?
No es una reflexión que deba tomarse a la ligera. Cada persona a quien he hecho esta pregunta, al principio, duda. Luego, empieza a recordar hechos puntuales, como poniendo en un tablero de ajedrez las piezas que dan inicio a la partida. Esta primera conciencia del conflicto marca de manera profunda la manera como entendemos el mundo, como lo experimentamos y lo vivimos. Ahora, piense. Dese un momento ¿Cuándo fue esa primera vez?
En mi caso, fue un sábado de agosto, un puente. Eran las siete de la noche y en el televisor a color de la casa de mi abuela, el noticiero empezó a trasmitir las imágenes del atentado dirigido contra Luis Carlos Galán en Soacha y que resultó, quitándole la vida. Recuerdo ver a mi mamá y mis tías, llorando. Mi abuela miraba en silencio y ante tanta emoción junta, yo no sabía si llorar también, como por inercia. Tenía siete años y por esos días, ya me habían dicho que los hombres no lloraban y por tanto, no lloré. Ese día comencé, sin darme cuenta, a construir mi masculinidad en una sociedad en conflicto.
Gracias a la perspectiva que da la distancia de diez años de un exilio autoimpuesto, me he dado la oportunidad de reflexionar sobre la manera como el conflicto me ha marcado como persona y sobre todo, como hombre. No presté servicio militar, nunca he empuñado un arma, no sé lo que es un secuestro, una vacuna o una mina. El conflicto no me desplazó, no me quitó a ningún ser querido, no me radicalizó. Lo que el conflicto si hizo en mi fue volverme desconfiado, prevenido, reactivo, defensivo. Me robó la posibilidad de confiar en el otro, de reconocerlo como otro, con sentimientos, con sueños, con ganas. El conflicto me quitó poco a poco la empatía. La fui perdiéndola en el día a día, en la mano extendida en los semáforos pidiendo ayuda, en las historias de muerte y sangre en lugares de una geografía nacional desconocida y ajena, en la banalidad de los medios y de los políticos. El conflicto nos deshumaniza pues ¿qué es de un ser humano sin la empatía?
Después de décadas de conflicto, estamos dando pasos hacia la paz, empezando con el silencio de los fusiles. Esto no implica el fin de la guerra, pero si nos da una opción real de consolidar una oportunidad de futuro diferente, donde nunca más sean las balas las que determinen el poderío de las ideas. Ante esta situación, ¿cómo construir paz en un contexto en el que muchos de nosotros/as nunca la hemos vivido? ¿Cómo nos reinventamos para que la paz sea se nuestra única opción de vida?
Para empezar, este proceso implica repensar lo que es ser colombiano/a y en el proceso, crear un nuevo conjunto de valores innegociables en un país donde la inequidad es rampante, donde existen diferencias regionales marcadas y baja movilidad social. Nos demanda conocer y aceptar la dureza de nuestra historia como requisito para que el dolor y la rabia den paso al perdón. Pero especialmente, nos pide que analicemos y entendamos cómo la manera en que hemos sido criados para ser hombres en este país está directamente relacionada con el uso, el ejercicio y la aceptación de la violencia.
Fuente: Semana – “Cienaga de Santa Marta, vivir contra viento y marea” (2011)
Históricamente, la noción de lo que significa ser hombre en Colombia ha estado ligada a la capacidad de sobrevivir y de salir adelante, así a veces eso signifique trasgredir las normas legales y sociales. Esto ha generado una veneración hacia el vivo, el avispado. Glorificamos a este tipo de hombres en las novelas, en los colegios y en el Estado. Nos encantan los que hablan duro, los que no se dejan y cuando toca, los que amenazan con “darle en la cara marica”. Son los que no se retractan, a menos que la justicia los obligue, desde hombres violentos y padres irresponsables hasta senadores. Son los mismos que se imponen con la fuerza de sus puños, con el sonido de sus balas o con frases como “Usted no sabe quién soy yo”. Pero también los odiamos, los despreciamos, porque como hombres representan lo peor de nosotros. Su individualidad impone costos en todos porque alimentan el vicioso círculo de la violencia.
La valoración de “hombría” ha dependido en gran medida de la capacidad de brindar protección y de protegerse. Esta situación alcanza dimensiones escalofriantes en contextos donde la violencia es aceptada y reforzada. En el caso colombiano, cada 13 minutos una mujer es víctima de la violencia, ya sea física, sexual o psicológica. En 90% de los casos, esta violencia es ejercida por un hombre. Esos hombres no son monstros, son nuestros padres, amigos, compañeros de oficina. Son lo que vemos en la buseta, comprando el pan en la tienda, jugando en la Selección Colombia o caminando por la calle. Los odiamos pero los amamos.
Criamos niños para que sean fuertes, para que no lloren y no expresen sus emociones de manera abierta, negándoles la capacidad de que aprendan a articular sus sentimientos. La única expresión que aceptamos es la rabia. Entonces aprendemos que la agresión es parte del proceso de ser hombres. Socialmente, nos damos permiso de abrir el corazón cuando hay trago de por medio, intoxicando el cuerpo para poder desintoxicar el alma. Nos hemos acostumbrado a aceptar la violencia y rechazar la debilidad, sin darnos cuenta que la violencia en la expresión máxima de ser débiles.
En este sentido, hemos alimentado una sociedad en la que la masculinidad se nutre del ejercicio de la violencia, la usamos de manera constante y rutinaria. La sufren las mujeres, las niñas, las comunidades LGBTI. La sufrimos los hombres porque tenemos que probar a cada instante que somos machos sin darnos cuenta que ser hombres no es algo que se pierde, sino que se construye. Seguimos pensando que el ser hombre es ser heterosexual, sin entender que la masculinidad va mucho más allá de con quién nos acostamos, cómo nos vestimos o de quien nos enamoramos. La violencia no es sólo bala, es también la manera “sutil” en que buscamos insultar o agredir la dignidad del otro al compararlo con una mujer o un homosexual. En la mayoría de los casos funciona, como si ser mujer o homosexual fuera menos. ¡Valiente hombría!
Como resultado de este sancocho socio-cultural, la violencia se ha consolidado como parte integral en nuestra experiencia de convertirnos en hombres. Se expresa en las peleas en las canchas de fútbol o en la esquina del barrio. La vivimos en los conductores que se cierran en las calles y se insultan, porque nadie quiere ser el man que se deja del otro. No somos violentos, pero hemos normalizado la violencia a tal punto que a veces ni la vemos, como ese mueble del comedor que nadie se da cuenta que está ahí. Se ha vuelto parte del paisaje nacional.
En la coyuntura actual, tenemos una oportunidad única e invaluable para reflexionar sobre la manera como el conflicto nos ha afectado y ha moldeado el tipo de hombres que somos. Hoy más que en cualquier otro momento de nuestra historia, debemos pensar en cómo reinventarnos, cómo empezar a recuperar poco a poco la empatía para construir una sociedad que le da una oportunidad real a la paz. En ese proceso, es indispensable empezar a moldear una masculinidad diferente, donde la igualdad y el respeto sean la regla y no la excepción. Donde el uso de la violencia sea inaceptable, rechazada y castigada social, legal y moralmente. Una masculinidad donde llorar es normal, expresar miedo es normal, donde tener preferencias sexuales y expresiones de género diversas es normal. Donde nos respetamos en las diferencias con ideas y sin balas y donde el acosar, agredir, violentar, matar o matonear al otro no es normal ni aceptable.
No es una tarea fácil. Requiere una reflexión constante sobre la existencia de roles y normas de género que son anticuadas, dañinas y ocasionan que otras personas no puedan ejercer sus derechos plenamente. Implica identificar cómo la noción de lo que significa ser hombre en nuestra cultura define la relación que tenemos con las mujeres, con la comunidad LGTBI y con otros hombres, de tal manera que podamos dejar atrás todo aquello que no nos sirve. Para construir la paz, el proceso es tan importante como el resultado. Lo mismo pasa en la construcción de la masculinidad.
La oportunidad de vivir en un país donde la violencia no tiene cabida, exige que construyamos una masculinidad diferente e incluyente para la paz, gestando victorias y cometiendo errores que nos permitan, día a día, transformar poco a poco quienes somos y construir paz, un hombre a la vez.